Dice la Real Academia Española que Zaguán es una Sala o pieza de una casa inmediata a la puerta principal de entrada. Un zaguán es, en términos más arquitectónicos, un espacio cubierto ubicado en casas, generalmente en el ingreso principal. En este sentido, tiene un significado similar a vestíbulo o hall de ingreso. Es un elemento de paso, sin carácter habitacional.
En la Argentina llamamos zaguán al más o menos estrecho corredor que hace las veces de recibidor de una vivienda de una sola planta, de estilo antiguo, sea una vivienda unifamiliar o que dé acceso a varios departamentos. En las viviendas multifamiliares modernas es más ancho y corto y se lo denomina elegantemente «hall de entrada».
Muchos hemos pasado en los zaguanes tanto o más tiempo que en muchos otros lugares de la vivienda.
Históricamente ha sido por lejos el escenario de amores donde se refugiaban pasiones permitidas y prohibidas, sala de reunión de las vecinas que transmitían chismes, escenas del crimen o al menos intentos, última oportunidad de “arreglarse” el pelo y la ropa antes que se abra la puerta cancel. El zaguán ha sido durante décadas un lugar mucho más importante de lo que su prestigio público tiene.
Tengo el vivo recuerdo de dos zaguanes muy importantes en mi infancia, el de mi casa y el de la casa de mi abuela paterna. Pero antes de entrar en recuerdos personales, lo primero que debo explicar o al menos tratar de transmitir es que, un zaguán es como una especie de templo pagano para muchos de nosotros que fuimos niños y pudimos disfrutarlos de diferentes maneras.
Ejemplos:
El zaguán servía para jugar a las escondidas cuando el que contaba lo hacía en la vereda justo al lado de la puerta principal por la que se accedía. Era casi un escondite ideal, porque estabas a centímetros de la PIEDRA LIBRE y no te podían ver.
Otra utilidad del zaguán para los niños y no tan niños era la posibilidad de protegerse de lluvias repentinas pudiendo utilizar un espacio resguardado de las inclemencias climáticas, sin que eso conlleve una invasión de propiedad privada. Nadie te iba a echar de un zaguán sabiendo que estaba lloviendo a cantaros y vos sin paraguas.
También para los que vivíamos en casas con zaguán, teníamos la posibilidad de utilizarlo como una canchita de futbol de uno contra uno. Rebote vale. Y gol entra. Un jugador en cada extremo del zaguán y por lo general con pelotas mucho más pequeñas que los habituales balones número 5. Era más divertido jugar con pelotitas de tenis, o pelotas de goma tipo “Pulpo”.
Pero no expliqué bien como se podía interpretar un zaguán. Habitualmente, el diseño de las viviendas que contaban con él, se disponían de la siguiente manera: Una puerta doble principal, puerta que solía tener una altura mayor a las que luego el racionalismo y el modernismo impuso. Esas puertas eran de acceso, pero no precisamente a la vivienda. ¿Por qué? Pasaba que esas dos puertas (o una sola) quedaban abiertas de día para poder observar desde adentro de la vivienda, y a través del vidrio de la puerta cancel (Puerta que realmente permitía ingresar a la vivienda) quien tocaba la puerta o estaba en cercanías. La puerta cancel, también era doble hoja de batir (o rebatir) pero solo que la parte superior estaba vidriada en ambas hojas, con cristales biselados y por detrás, es decir ya en el interior de la casa, se desplegaban unos visillos tejidos al crochet o bien de tela de ”Voile” (se pronuncia Vual, porque es francesa).
El zaguán podía contar con una o dos puertas en sus paredes laterales, que en algunos casos, dependiendo de la categoría de la vivienda, daban paso a un escritorio o a un living para invitados.
Otra característica destacable de los zaguanes era como se los pintaba. Desde el piso y hasta el metro veinte aproximadamente, llevaba un color generalmente de un tono oscuro. Lo cortaba una guarda horizontal y de ahí hasta el cielorraso, de un color claro.
Rescatable también los pisos. Baldosas calcáreas con diseños geométricos o con búlgaros que iban ensamblando y formando dibujos muy llamativos, y siempre perfectamente proporcionales al ancho y largo del zaguán.
Esa era someramente explicada la conformación de un zaguán. Pero lo realmente importante y que hoy hace que lo reivindique, son las historias que allí se pudieron desarrollar en otrora.
Lo primero que siempre se menciona al hablar de un zaguán es que era el lugar indicado para recibir al novio, en tiempos cuando a la joven dueña de casa, los padres aun no autorizaban a que ingresara el candidato a la vivienda familiar. Claro que este lugar representaba quizás una intriga mayor que si el pretendiente estaba en presencia de los futuros suegros, porque solo se podía espiar el comportamiento de los tortolos a través de las cortinas de voile o crochet, y si era de noche, la forma de hacerles saber que estaban vigilados era la de encender la luz y apagarla en reiteradas oportunidades, por si el muchacho estaba propasándose de los límites que imponía la moral y buena educación.
Sin embargo, los zaguanes fueron una especie de antesala que permitía ponerse en sintonía previamente a ingresar a la vivienda. Me explico mejor, si uno venía apurado de la calle, o traía bolsas de compras, o quizás con un apuro fisiológico, el simple hecho de pisar un zaguán daba la tranquilidad que estaba a un pasito de llegar a destino, pero con la protección física que brindaba ese ámbito a los moradores.
Si no conoció o vivió en una casa con zaguán y no tiene algún familiar o amigo que lo invite a una de ellas, para saber cómo son puede acercarse a alguno de los tantos comercios, instituciones o lugares públicos que han aprovechado las llamadas casas-chorizo, para ver allí lo que queda del zaguán.
Muchos propietarios de casas con zaguán los supieron aprovechar para montar temporalmente negocios de todo tipo, que desarticulaban ni bien llegaba el horario de cierre, entrando las mercaderías o mobiliario, y retomando la rutina al día siguiente.
Se merecen los zaguanes que hagamos justicia con ellos, los reivindiquemos, dejemos de verlos como un pasillo solamente y otorgarles la importancia que han tenido en nuestras vidas.
Porque si nunca jugó o tuvo un romance en un zaguán, es muy probable que hoy pueda estar leyendo este escrito, porque sus padres o sus abuelos supieron hacer un uso memorable de ese lugar de la casa.
CARLOS A. “El Zaguanero” GRISOLÍA